sábado, 25 de enero de 2014

Los cálidos recuerdos de Sara

 Aquella tarde los latidos de Sara se silenciaron en un sueño mucho más profundo.

Todos sus nuevos y viejos amigos se reunieron para velar su cuerpo. Jaime se acercó a la caja de madera donde dormía, suavemente besó su rostro, ella seguía siendo tan dulce y bella como Gene Tierney a quien idolatraba desde su juventud. 

La mirada de Jaime se asemejaba a los ojos de su perro Pipper cada vez que aullaba para que le dejaran entrar en la casa, arañando una y otra vez la puerta del patio, sin rendírse, con esos ojos compasivos que te hablan: “apiádate de mi, aquí hace frío y empieza a llover”, al final entraba lleno de barro meneando la cola de un lado a otro.

Jaime aún la amaba , le ardía la garganta tratando de contener la ansiedad, todas aquellas caricias que trataban de ocultar, en ese momento Carlos posó su mano sobre el hombro de Jaime.

Los dos hombres de su vida se abrazaron, permaneciendo varios minutos inmóviles mirándola, canalizando sus energías en los cálidos recuerdos de Sara.


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Para Silvio ... Atardecer en La Tejita, Isla de Tenerife.



domingo, 19 de enero de 2014

A Juan Gelman y la eterna poesía


Si tiene que latir un corazón eternamente que lo haga en la poesía,
en la siempre esperanza del poeta hacia la vida.


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El juego en que andamos.

Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.
Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.


Juan Gelman.

Saber.

El poema nada en un viento y brilla.
No sabe quien es hasta
que lo arrastran aquí, donde
seguramente morirá
a la intemperie de las bestias.
Me gustaría entender a las bestias
para entender mi bestia. La
 realidad hace gemir con jadeos de animal.
¿Qué gracia fue ganada en su respiración?
Ninguna que no fuera perdida.
Abajo de lo suave crepita la sospecha.
En estas manos.


Juan Gelman.

La secreta dulzura del dolor...

la secreta dulzura del dolor
es transparencia

sale de la furiosa resignación del sueño
suena en la boca del perdido

en su origen

en su  rumor de existencia que
le clava la cabeza al gran espanto
al doble andar,al doble hilo, 

a la no verdad del estar como no estar
el vuelo torpe que los cría
lo que rompe la luz, memoria.

confusa por sus números,
pecho que dura como huella,
la nada que te ama.


Juan Gelman.


lunes, 13 de enero de 2014

La piscina




El rizado pelo de Sonia al salir de la piscina del instituto era toda una atracción para los quinceañeros que iniciaban sus andanzas en la sexualidad.

Sonia se sonrojaba al salir del agua al ser consciente de la expectación que causaba en la chiquillería que la examinaban de pies a cabeza, por esta razón solía permanecer una hora más explorando los fondos de la piscina, buceando con sus gafas esperando que se fueran las miradas intimidatorias.

La timidez de Sonia la hacía parecer más atrayente e interesante, sin embargo, ella repudiaba su falta de confianza y determinación mientras caminaba escuchando los chismorreos de varias de las chicas de quinto curso.


Al terminar una de  las clases de natación, Henar, Raquel y Daniela siguieron a Sonia hacia el vestuario. Esperaron a que se metiera en la ducha mientras Daniela vigilaba el pasillo. Raquel y Henar prendieron fuego a la ropa de Sonia, asegurándose de que no quedara ninguna toalla a su alcance. 

Sonia se sobresaltó, salió corriendo, pero no encontró nada para cubrirse.

Desde aquel momento, Sonia dejó los entrenamientos.

Al llegar el verano, la joven volvió a reunirse con su prima Claudia, que se había convertido en una experta instructora de vuelos sin retornos, todo un icono embellecido por su capacidad de liderazgo.

Una de las noches calurosas de aquel verano, se decidió abrir la piscina comunitaria un par de horas. Claudia y Sonia corrieron hacia el baño. En sus manos esparcieron un par de pastillas que compraron a uno de los chicos mayores del pueblo.

-     ¿Estas segura de que no pasara nada?.
-     ¡Segurísima Sonia!.

Sonia seguía indecisa hasta que Claudia se tragó una de las pastillas alentándola : “Confía en mi , esto nos hará disfrutar”.

Claudia la abrazó fuertemente , las dos se sonrieron.

-           Te quiero prima.

Al cabo de una hora, Sonia se movía eufórica al ritmo de la música que sonaba, varios chicos hicieron un corro arrimando sus cuerpos al de ésta. De repente se escuchó un grito desde la piscina.

-   ¡Ayuda, necesito ayuda!- gritaba una voz.
-    ¡Se va a morir!- gritaba otra.

Sonia apartó confusa a varios de los chicos que miraban la escena estupefactos.

Allí en medio de la piscina flotaba inconsciente el cuerpo de Claudia.

La ambulancia no tardó en llegar, sin embargo, Claudia ya se había ido. La policía acordonó el área mientras cubrían el cuerpo de la joven.


TRES AÑOS DESPUÉS.

La competición comenzaría en pocos minutos. Las chicas fueron posicionándose en los trampolines.

Sonia continuaba sentada en uno de los bordes de la piscina. Observaba fijamente los azulejos del fondo que parecían moverse, en ese instante pudo ver la última sonrisa que Claudia la regaló, una lagrima cayó en el agua , era la hora de ponerse en pie.

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sábado, 4 de enero de 2014

"Hacia la estrella marinera"

Sebastián corría por el malecón de Puerto Vallarta. Descansó al llegar al Caballito de mar, una escultura de bronce cabalgada por un niño desnudo.

Se sentó en uno de los escalones de la base de la figura. Fatigoso observó la infinidad de jóvenes que se reunían en la playa. El ambiente festivo de la primera noche de año no logró cautivar su cuerpo con esa felicidad fugitiva de tiempo atrás.

Un niño se acercó entonando una conocida canción cardenche:
 “Yo ya me voy a morir a los desiertos, me voy dirigido a esa Estrella Marinera …”.

 Los ojos de Sebastián brillaban como las estrellas del cielo Vallartense.

El canto sereno del pequeño se instaló en los recuerdos del chico, una sensación de divinidad transitó en su corazón.

El niño tomó asiento junto al joven, permaneciendo en silencio durante unos minutos trató de indicarle que debía mirar los fuegos que descendían del cielo.

Por un momento se sentía alejado del bullicio, de la tierra. Aquella canción volvía a ser entonada  “Sólo de pensar que dejé un amor pendiente, nomás que me acuerdo me dan ganas de llorar…” .

Suspiró en lágrimas mirando hacia el niño, pero este continuaba cantando al mundo.

 Al finalizar el canto comenzó a perder tono en la piel hasta que ésta se tornó transparente y desapareció.

Sebastián no podía creer que su hijo hubiera estado con él cuando hacia menos de dos horas que había fallecido. En ese momento comprendió que no debía seguir corriendo, que no debía despedirse porque él siempre permanecería a su lado.



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